Tsadikim: el Arizal (2)

B”H

Queridos lectores, esta es la segunda parte de la biografía del ilustre Rabino Itsjak Luria, apodado Arizal. Habla también de su maestro, el Rabino Moisés Cordovero. Podéis escuchar la canción Azamer Bishvijin, que se recita antes de la cena de Shabat. Es muy especial, y es uno de los pocos escritos directos del Arizal.

Los secretos de la Creación comienzan a revelarse

Al transcurrir los años, el Arí se profundiza en los escritos de la Cabalá, y comienza a entender lo queel Arizal se le ha asignado –adaptar el método de la Cabalá a todas y cada una de las almas. “Esta es la razón por la que bajó mi alma al mundo”, se decía.

A partir de ese momento, el tiempo del Arí deja de correr. Él ve únicamente una sola meta –simplificar y adaptar la Cabalá para las generaciones venideras.

Para concentrarse en su misión, el Arí se muda a una casa pequeña y asolada en las orillas del Nilo, construida para él por su tío. El Arí dedica cada momento y pensamiento al estudio del libro del Zohar. Con toda su fuerza, trata de profundizar y entender lo que se esconde detrás de las palabras “Rabí Jía”, “tierra”, “Rabí Shimón”. ¿Cuál es el significado oculto, interno, de cada una de las letras y cada palabra en el libro de los libros de la Cabalá?

Los platos de comida que su esposa le dejaba al umbral de la habitación se apilaban uno sobre otro por fuera de su puerta cerrada. El Arí no dejaba su habitación durante días enteros e invertía todas sus fuerzas en la misión de su vida. Su pequeña casa se convirtió rápidamente en el lugar donde se revelaban a él todos los secretos de la Creación, hasta el más profundo de ellos.

Su Obra

“¿Has escuchado sobre Rav Yitzjak Luria, el sabio que ha llegado a la ciudad hace poco?”, me preguntó una tarde mi maestro, el Rav Moshe Cordovero (Ramak).

Un sabio alumno que llegara de Safed en aquellos años, no era, por así decirlo, una sorprendente novedad. “Yo estoy muy ocupado en mi estudio, que es para mí lo principal”, le conteste prácticamente sin darle importancia, “no tengo tiempo para cada extranjero que llega a la ciudad

Rabí Moshe Cordovero se calló. Después de unos minutos cerró sus ojos y dijo: “no sé, Rav Jaim, cuan grande es tu error al no dejar todas tus ocupaciones ahora mismo, y no correr a conocer esa gran persona. Deja tus estudios y ve a conocerlo mientras tengas la oportunidad de hacerlo. No es un pedido, Rav Jaim, ¡es una orden!”

Así vi por primera vez al Sagrado Arí.

Aún recuerdo la fortaleza que emanaba de él, la emoción que me inundó cuando comenzó a hablar. Estaba sentado frente a mí, y parecía como si supiera las respuestas a todas mis preguntas. En pocos minutos desaparecieron mi envidia y mi desdeño.

Entendí frente a quien estoy sentado, y me juré nunca olvidarlo.

Pelar la cáscara externa

Corre el año 1570. Pasaron 30 años desde que el Arí dejó la Tierra de Israel, y ahora siente que debe volver a ella para completar la misión que le fue asignada. Él mismo ya alcanzó los secretos del mundo superior, y ahora siente que debe ayudar a otras personas para conseguirlo.

Y así, en el año 1570, llega el Arí a Safed, ciudad norteña en la tierra de Israel.

Enseguida de su llegada, Rabí Moshe Cordovero (Ramak), quien fue el mayor cabalista de la época, atestiguó que el Arí proviene de la raíz de un alma especial. Los más destacados de los cabalistas de Safed se agrupan en torno a él y se convierten en un grupo de discípulos y se hacen llamar “Los cachorros del Arí”.

Se cuenta que solían reunirse diariamente antes del amanecer para escucharlo impartir cátedra. Cada palabra, cada sílaba que salía de su boca, era enhebrada como una sutil hebra al mundo interior que era conocido únicamente para él. Nivel a nivel, él bajaba al escalón espiritual de sus alumnos y los elevaba al tope de la escalera espiritual. Muchas veces se quedaban estupefactos frente a las indefinidas frases del Arí. Y este, al verlos, se sonreía.

“Es bueno que no entiendan. El intelecto es el reflejo de vuestro egoísmo, es un utensilio en manos del deseo de recibir que está impreso en ustedes”, les dijo más de una vez, “si no quitan el envoltorio exterior y se adhieren a vuestro interior, no entenderán nada del estudio del Arí”.